Ganadería La Sielma: la alianza entre Frisona y Parda como estrategia de futuro para la producción de leche
Reportaje que se publicará en la revista Frisona Española 271 (ene-feb 2026)
En Monfarracinos (Zamora), a escasos kilómetros de la capital, la ganadería La Sielma ha construido su identidad sobre una idea clara: no se trata de elegir entre vacas Frisona (Holstein) o Parda (Brown Swiss), sino de entender qué puede aportar cada raza en un sistema productivo exigente como el de la meseta castellana. Un lugar donde los veranos son largos, secos y extremos y en el que la combinación de Frisona y Parda no es una moda, sino una decisión estratégica pensada desde la genética.
Al frente de Ganadería La Sielma está Jorge Hernández Rodríguez, tercera generación de ganaderos, que ha sabido integrar tradición familiar, experiencia internacional y visión genética en un modelo donde ambas razas conviven y se complementan. Además, con una convicción clara: “La vida ya es demasiado dura como para ordeñar malas vacas”. Una frase que resume bien su filosofía. Porque en La Sielma no solamente se ordeñan vacas; se seleccionan y se piensa en el largo plazo.
De la granja familiar al proyecto propio
“En casa siempre hubo vacas”, recuerda Jorge. Como en tantas ganaderías de la meseta castellana, agricultura y ganadería se complementaban en un modelo mixto que marcó a varias generaciones. Sus abuelos, tanto maternos (Eulogio y Josefa) como paternos (Manuel y Rosalina), tuvieron ganado. Sus padres, Domingo y Marisa, levantaron una pequeña estabulación con animales atados y unas veinte vacas en ordeño. Él se incorporó oficialmente en el año 2000, tras cursar Bachillerato y formación profesional, y compatibilizar estudios con el curso de incorporación. Con él comenzó una etapa de modernización que culminó en 2008 con el traslado a las instalaciones actuales, donde hoy trabajan tres personas: Jorge y dos empleados a jornada completa.
El salto cualitativo, sin embargo, no fue solo de instalaciones. Fue también mental.
Un anuncio en la revista Frisona Española le llevó en 2001 a Estados Unidos, dentro de un programa de intercambio entre la Universidad de Barcelona y la Universidad de Minnesota. “Creo que me cambió la vida. Allí veías otra forma de trabajar. En aquella época jugaban en otra liga”. Aquella experiencia despertó definitivamente su interés por la genética y por construir algo más que una ganadería productiva.
Por qué sumar la Parda a la Frisona
La Sielma cuenta hoy con unos 160 animales, de los cuales aproximadamente un tercio son de raza Parda (Brown Swiss) y el resto, Holstein. La introducción de la raza parda hace una década no fue casual. Y esa mezcla es, precisamente, uno de los pilares del proyecto.
La Frisona ha sido y sigue siendo la base productiva, aportando litros, velocidad de crecimiento y un rendimiento contrastado. Sin embargo, hace unos diez años Jorge decidió incorporar la raza Parda.
“La proteína aquí se resentía en verano. Buscaba mantener calidades”, explica. El contacto con ganaderos franceses que trabajaban con Brown Swiss y la experiencia directa en explotaciones del otro lado de los Pirineos terminaron de convencerle.
La Parda aportó lo que buscaba: mayor estabilidad en sólidos y resistencia en condiciones climáticas exigentes. “En primeras lactaciones puede perder algo de producción frente a la Holstein, pero lo compensa con calidades muy buenas y una gran funcionalidad”, añade.
Un criterio de selección común para dos razas

Lejos de plantear una rivalidad entre razas, Jorge defiende la complementariedad. La raza frisona asegura el volumen y la eficiencia productiva; la raza parda aporta sólidos, fortaleza estructural y una vida útil que encaja especialmente bien en sistemas que no buscan crecer en número, sino consolidar rentabilidad.
La apuesta genética es firme. Todos los animales, tanto frisona como parda, están genotipados. La selección se apoya en datos, pero no se limita a ellos. “Los animales no son solo índices”, insiste. El genotipado le permite orientar acoplamientos, pero la decisión final pasa por el ojo del ganadero y por la coherencia del conjunto.
Su criterio es claro: “Para mí una buena ubre es indispensable. Busco un animal con buenas patas, capacidad, tamaño adecuado —sin ser exagerado— y ahora cada vez más leche”. No persigue extremos, sino equilibrio. “Yo quiero un animal que, además de rendimiento económico, dé gusto verlo”, se reafirma.
En parda diversifica más el uso de toros, siguiendo recomendaciones de colegas franceses e italianos. Enfrisona trabaja con menos líneas, buscando consolidar un tipo funcional adaptado a su sistema. La transferencia de embriones y la compra puntual de genética son parte del proyecto. No por moda, sino por coherencia con una visión a largo plazo. La genética es la herramienta principal para la mejora continua. “La única máquina que trabaja 24 horas al día en la granja son las vacas. Y hay que invertir en esa máquina”, apunta convencido.
Producción con sólidos: el resultado de la mezcla
La Sielma entrega la leche a Leche Gaza, con una producción media que oscila entre 36 y 38 litros por vaca y día. Los sólidos son uno de los puntos fuertes: alrededor de 4,25 % de grasa y 3,73 % de proteína.
En ese resultado, la convivencia de Frisona y Parda juega un papel determinante. La Holstein empuja el volumen; la Brown ayuda a sostener y reforzar calidades, especialmente en condiciones ambientales adversas.
No se trata de cruzamientos indiscriminados, sino de mantener ambas razas con identidad propia dentro del mismo rebaño. Dos herramientas distintas para un mismo objetivo: producir leche rentable, con estabilidad y perspectiva de futuro.
Crecimiento orgánico sin perder el equilibrio

Las instalaciones han evolucionado paso a paso, siempre con crecimiento orgánico. En 2008 se construyó la nave principal con 70 cubículos de arena y una sala de ordeño 4x2 en paralelo —ampliada el pasado año—. Posteriormente se añadieron una nave para terneras (2020), una nave en cama caliente para recién paridas y vacas delicadas (2022) y, recientemente, una nave para novillas y una nueva fosa de purines. La nave de cama caliente ha supuesto una mejora importante en bienestar, especialmente para novillas y vacas más veteranas. “Están mucho más tranquilas. Se nota”, subraya Jorge. Pequeños ajustes que, sumados, mejoran el rendimiento global.
“Ya no queremos crecer más”, afirma con claridad. Para él, la rentabilidad no depende del tamaño, sino del precio y de la eficiencia. “Siempre he defendido que la rentabilidad del sector está en el precio, no en el tamaño. Ves gente viviendo perfectamente con 50 vacas y gente malviviendo con 500”, agrega.
El bienestar animal es clave en ese equilibrio: ventilación en ambas naves, ventiladores horizontales y verticales mitigan el estrés térmico en los veranos cada vez más exigentes de la meseta, estrictos protocolos implantados desde 2004 de la mano de Gaza y una organización del trabajo que permite ordeñar dos veces al día en poco más de hora y media.
Base territorial y alimentación: sostener el sistema
La ganadería dispone de unas 60 hectáreas, ampliadas recientemente con fincas próximas, destinadas principalmente a forrajes: centeno, maíz para ensilado, alfalfa y avena. Parte del trabajo agrícola se subcontrata, pero la base territorial es estratégica.
“Tener base territorial suficiente es imprescindible”, señala, no solo por la alimentación, sino por la gestión de purines y la estabilidad del sistema.
Trabaja desde hace años con el nutricionista Luis Franco para ajustar las dietas según disponibilidad y necesidades. La combinación de razas también influye en la gestión alimentaria, buscando equilibrio entre producción y sólidos.
Abrir las puertas para explicar lo que se hace
Más allá de cifras y genética, La Sielma también ha asumido una responsabilidad poco habitual: la pedagogía. Desde hace casi una década organizan jornadas de puertas abiertas para colegios y escuelas infantiles. “El día que vienen es el que más disfrutan del año”, asegura Jorge. Tras la visita, desayuno y dibujos de vacas completan la experiencia.
“La ruptura entre mundo rural y urbano es brutal. Mucha gente no sabe ni lo que es la ubre de una vaca”, reflexiona. Por eso defiende que las granjas deben estar preparadas para recibir visitantes, explicar lo que hacen y desmontar estereotipos.
La profesionalización del sector, el nivel técnico y la inversión que hay detrás de cada litro de leche siguen siendo grandes desconocidos fuera del ámbito ganadero. Por eso también subraya la necesidad de mejorar la comunicación sectorial. “Nuestro mensaje cala menos. Hay que hacer más pedagogía”, insiste.
Futuro: consolidar, no sobredimensionar
Jorge no piensa en macroproyectos ni busca transformaciones radicales. Prefiere consolidar lo construido, seguir mejorando genética y mantener calidad de vida: “Hoy me la dan más los dos trabajadores que un robot”. No descarta robotizar en un futuro si hubiera relevo familiar, pero hoy prioriza un modelo manejable y eficiente.
Respecto al relevo generacional, su visión es sorprendentemente optimista: “El sector está como nunca para los jóvenes. Llevamos dos años con un precio digno. Hoy las condiciones son buenas si hay ganas”. Eso sí, advierte: la burocracia es asfixiante y la edad media del sector muy elevada.
En Monfarracinos, La Sielma demuestra por tanto que el debate no es Frisona o Parda, sino cómo integrar ambas inteligentemente. En esa alianza entre litros y sólidos, entre volumen y funcionalidad, Jorge ha encontrado su propio equilibrio. Una mezcla de razas, sí. Pero, sobre todo, una mezcla de experiencia, criterio y convicción. Y su mensaje final es claro: la ganadería de leche, bien gestionada, profesionalizada y abierta a la sociedad, tiene futuro.
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