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#RealidadGanadera: La “vaca expiatoria” o por qué la ganadería tiene que pagar por la contaminación provocada por otras industrias
Redacción Revista Frisona

#RealidadGanadera: La “vaca expiatoria” o por qué la ganadería tiene que pagar por la contaminación provocada por otras industrias

Campaña en la que colaboran CONAFE y otras instituciones del sector ganadero para desmentir bulos y poner en valor la producción ganadera

Siempre es fácil culpar a las vacas por el cambio climático y comparar la ganadería con algunas de las industrias más contaminantes, pero ya ha llegado la hora de dejar de identificar a las vacas como los chivos expiatorios de todos nuestros problemas y desafíos ambientales.

En vísperas de la votación realizada el pasado 11 de julio de 2023 en el Parlamento Europeo de la Directiva de Emisiones Industriales que, con la oposición de la Comisión AGRI del Parlamento Europeo y el favor de la Comisión ENVI, equiparaba las ganaderías de tamaño medio con fábricas industriales contaminantes, el mundo de la ideología ecoanimalista revolucionó sus motores con una gran presión política sobre los eurodiputados para que se ratificase en la Cámara una medida que dañaría gravemente el clima, el medio ambiente en general y la seguridad alimentaria de los ciudadanos europeos. Esta legislación es la antesala de la abolición de la ganadería en Europa. ¿Por qué el sector ganadero debería pagar por el incumplimiento de los objetivos de descarbonización de los sectores de energía y transporte, los verdaderos culpables del impacto del uso de combustibles fósiles en el cambio climático?

El EU Inventory 2021 nos informa que el sector que está a la cabeza en términos de emisiones de dióxido de carbono es el energético (que realiza un 27% del total de emisiones de la UE), seguido del transporte (22,5%), la industria (22%) y el consumo residencial (13%), mientras que ganadería y agricultura ocupan el quinto lugar con el 11% de las emisiones totales.

Sin embargo, si se tiene en cuenta el balance de la captura de carbono en las zonas rurales (que asciende a 230 millones de tCO2 equivalente), las emisiones del sector rural se reducen a solo el 4%. Lo más importante es que, en su afán por forzar la reducción del número de ganaderías, la UE no tiene en cuenta el éxito en la reducción de emisiones de la ganadería europea, que descendieron un 23% entre 1990 y 2020 (de 317 a 245 millones de toneladas de CO2 equivalente), o la reducción del metano entérico (-22%), un gas que también es criticado como altamente contaminante.

Por tanto, atendiendo no solo la captura de carbono, sino también las nuevas métricas propuestas por los físicos atmosféricos de Oxford y la FAO, que consideran al metano como un gas de ciclo corto y, por lo tanto, no medible en términos de CO2 equivalente (CO2 es un gas de ciclo largo); el sector rural de la UE (principalmente la ganadería), al reducir las emisiones de metano, en lugar de calentar la atmósfera en realidad contribuyó a enfriarla en un total de -2.900 millones de CO2 equivalente, una reducción comparable a (y que suma) un tercio de la lograda por la captura de carbono a través del suelo y la vegetación durante el mismo período.

La forma en que se comporta el metano, es decir, su capacidad para enfriar la atmósfera a corto plazo cuando se reducen las emisiones, ha sido comunicada a los legisladores, quienes quizás pueden ver como un atajo hacia los objetivos climáticos el hecho de suprimir el ganado rumiante en lugar de someter a otros sectores a planes más estrictos para descarbonizarse de los combustibles fósiles.

La reducción forzosa de la ganadería no solo reducirá peligrosamente el suministro de proteínas de alta calidad de la UE por debajo de un nivel de reserva estratégica (siempre se necesita una reserva en caso de epidemias o guerras, como ya hemos visto), sino que aumentarán también las importaciones de carne y leche de terceros países, trasladando así el problema a zonas donde la eficiencia de la ganadería es menor que en Europa, que se encuentra entre las más altas del mundo. Y esto supondría que el impacto climático por unidad de proteína importada sería mayor.

También habría otros daños colaterales, como el abandono de pastos (importantes absorbentes de CO2), la reducción de materia orgánica disponible para la agricultura ecológica y la reducción de la disponibilidad de materias primas para productos artesanales con denominación de origen protegida.

No hay necesidad de crear escenarios tan complicados. Simplemente observando la realidad, los políticos se darán cuenta de que la ganadería europea no es un problema para el clima, sino parte de la solución.

Artículo realizado por el profesor Giuseppe Pulina, presidente emérito de la Asociación para la Ciencia y la Producción Animal (ASPA), profesor titular de Ética y Sostenibilidad de la Agricultura en el Departamento de Agricultura de la Universidad de Sassari, y presidente de la Asociación Italiana Carni Sostenibili.

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